Un bombardeo con 41 misiles y 125 drones golpeó la capital ucraniana en la madrugada del domingo, dejando al menos un muerto y una veintena de heridos, mientras Ucrania respondía con ataques a la retaguardia rusa. El episodio llega días después de que Volodímir Zelenski destituyera a su ministro de Defensa entre protestas en Kiev.
Rusia ejecutó en la madrugada de este domingo uno de los ataques combinados más intensos de las últimas semanas contra Kiev, en el marco de una guerra que combina, una vez más, la escalada militar con la inestabilidad política en Ucrania. Según el mando de las Fuerzas Aéreas ucranianas y el medio Kyiv Independent, Moscú lanzó 41 misiles —25 de ellos balísticos, del tipo Iskander-M, Zircon y variantes basadas en el sistema S-400— junto con 125 drones de ataque, la mayoría dirigidos contra la capital. La defensa antiaérea ucraniana logró interceptar 17 misiles balísticos, un misil guiado Kh-59/69 y 108 de los drones lanzados.
El saldo confirmado hasta el momento es de al menos una persona muerta y 16 heridas en Kiev, según recuentos de NPR y medios locales, cifra que en las primeras horas se había situado en 13 heridos antes de ser actualizada. Los ataques, que comenzaron alrededor de la 1:30 de la madrugada hora local y se prolongaron durante varias horas, dañaron edificios residenciales, un supermercado, un dormitorio estudiantil y varios almacenes. Entre los objetivos alcanzados figura el principal centro de distribución logística de AMTEL en la región de Kiev, uno de los mayores operadores de logística del país, lo que apunta a un patrón de ataques que buscan además erosionar la cadena de suministro civil y militar ucraniana.
La violencia no se limitó a la capital. En Zaporiyia, un ataque aéreo ruso sobre un barrio residencial dejó al menos dos muertos y una decena de heridos, mientras que en la región de Sumy las tropas rusas destruyeron un centro de rehabilitación para niños con discapacidad, según reportaron fuentes ucranianas citadas por agencias internacionales.
Ucrania responde en la retaguardia rusa
Ucrania no se limitó a defenderse. Durante la noche, fuerzas ucranianas atacaron un depósito de petróleo en la región rusa de Stavropol y alcanzaron varios objetivos en los territorios ocupados. Además, la Fuerza de Sistemas No Tripulados de Ucrania (USF) informó de que, en el marco de la operación bautizada «MoLoCHKa» —desarrollada entre el 6 y el 19 de julio—, logró inutilizar tres de los cinco transbordadores que operaban el cruce del estrecho de Kerch, reduciendo en un 75% la capacidad operativa de esta ruta clave que conecta Rusia con la Crimea ocupada. Se trata de un golpe significativo a una infraestructura logística que Moscú utiliza para abastecer a sus fuerzas en el sur de Ucrania desde que el puente de Kerch quedó parcialmente inutilizado por ataques anteriores.
Una crisis política que se suma a la presión militar
El ataque de este domingo llega en un momento especialmente delicado para el liderazgo ucraniano. Días antes, cientos de personas se manifestaron en las calles de Kiev exigiendo la reincorporación del ministro de Defensa, Mijailo Fedorov, destituido por Zelenski pese a ser considerado por buena parte de la opinión pública y de analistas militares como un modernizador clave que había contribuido a ralentizar el avance ruso en el frente oriental. Las protestas, que se repitieron el sábado 18 de julio, reclaman además la destitución del comandante en jefe, Oleksandr Syrski, en un contexto de creciente malestar social por la gestión de la guerra.
Esta combinación de crisis interna y ofensiva militar no es casual, según el patrón que ha marcado buena parte de 2026: los ataques rusos de mayor envergadura han tendido a coincidir con momentos de fragilidad política en Kiev o con jornadas de negociación diplomática, una estrategia que numerosos analistas interpretan como un intento de Moscú de maximizar la presión psicológica sobre la población ucraniana y sobre sus socios occidentales.
Un patrón que se repite y se intensifica
El ataque de este domingo no es un hecho aislado, sino la última entrada de una escalada que se ha acelerado de forma sostenida desde finales de 2025. Kiev ha encadenado ataques masivos casi semanales: el 27 de diciembre de 2025, Rusia lanzó 40 misiles y 500 drones contra la ciudad; el 9 de enero, otro ataque dejó a 600.000 residentes sin calefacción tras dejar sin electricidad a media capital, según su alcalde, Vitali Klitschko; y en febrero, nuevos ataques contra infraestructura energética redujeron el suministro eléctrico a menos de dos horas diarias en algunos barrios. En 2024, Kiev había sufrido 1.300 ataques con drones y más de 250 con misiles a lo largo de todo el año; el ritmo actual sugiere que 2026 podría superar ese umbral con holgura.
Qué está en juego
El momento del ataque —coincidiendo con la crisis en el mando militar y político ucraniano— tiene lecturas que van más allá de lo puramente táctico. Para los aliados occidentales de Kiev, el episodio reaviva la pregunta sobre la sostenibilidad de la ayuda militar y financiera a largo plazo, especialmente en un año en que buena parte de la atención internacional está puesta en otros frentes, desde Oriente Medio hasta la economía global. Para el propio Zelenski, la destitución de Fedorov y las protestas subsiguientes exponen una fractura interna que Moscú podría intentar explotar, tanto en el plano militar como en el de la narrativa de guerra.
A corto plazo, cabe esperar que la escalada continúe: el patrón de los últimos doce meses indica que los ataques de gran magnitud rara vez son hechos aislados, sino el preludio de nuevas oleadas en las semanas siguientes. La incógnita central sigue siendo si la presión combinada —militar en el frente, económica sobre la red energética y política en Kiev— logra erosionar la capacidad de resistencia ucraniana antes de que avance cualquier proceso negociador serio, algo que por ahora ni Moscú ni Kiev dan señales de estar dispuestos a acelerar.
Con información de Kyiv Independent, NPR, France 24 y agencias.









