El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció el pasado 30 de julio lo que calificó como un «acuerdo histórico» para el desarme completo de Hamás y el resto de grupos armados en la Franja de Gaza. El anuncio llega de la mano del Board of Peace, el organismo internacional creado tras el alto el fuego de 2025 para supervisar la reconstrucción del enclave palestino, y se traduce en una hoja de ruta de 15 puntos que, sobre el papel, marca el camino hacia el fin de casi tres años de guerra. Sobre el terreno, sin embargo, tanto Hamás como Israel han dejado claro que el documento está lleno de condicionales.
Quién está detrás del Board of Peace
El plan lleva la firma de un consejo ejecutivo de siete miembros presidido por el exprimer ministro británico Tony Blair, que según la Casa Blanca marcará la agenda y supervisará su cumplimiento. Junto a él figuran el yerno de Trump y asesor de la Casa Blanca, Jared Kushner; el secretario de Estado, Marco Rubio; el enviado especial para Oriente Medio, Steve Witkoff; y el presidente del Banco Mundial, Ajay Banga, entre otros. La composición del organismo, con un peso muy marcado de la órbita de Washington, ya ha generado críticas de analistas que cuestionan hasta qué punto el «Board of Peace» es un mecanismo verdaderamente internacional o una extensión de la diplomacia personal de Trump y su entorno.
Una hoja de ruta en 15 puntos y un principio: «una autoridad, una ley, un arma»
El documento, cuyo contenido íntegro publicó el Jerusalem Post, articula el proceso en torno a un principio central: «una autoridad, una ley, un arma», que resume el objetivo final de que toda la fuerza de seguridad en Gaza quede concentrada en un único mando, sin milicias paralelas. Para lograrlo, el plan prevé la creación de un Comité de Gobierno de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés), un organismo tecnocrático palestino que se encargaría de la administración civil del territorio sin participación de Hamás, con un horizonte de implementación de tres años.
La seguridad, mientras tanto, recaería en una Fuerza Internacional de Estabilización (ISF) de carácter temporal, cuya misión sería separar a las fuerzas israelíes de las zonas bajo control del nuevo comité palestino. El texto es explícito en un punto sensible: esta fuerza no asumiría funciones policiales ni de control social sobre la población palestina, un matiz que busca evitar que se perciba como un cuerpo de ocupación encubierta. En paralelo, Israel se comprometería a una retirada progresiva de sus tropas del enclave, condicionada al avance verificado de cada fase del desarme.
Precisamente la verificación es la piedra angular de todo el mecanismo. Según el propio texto del acuerdo, el proceso «no se basa en la confianza entre las partes, sino en condiciones, reciprocidad y verificación»: cada etapa necesita ser certificada por un organismo internacional independiente antes de que se autorice el paso siguiente. Es, en la práctica, un reconocimiento de que ninguna de las partes se fía de la otra.
Hamás pone condiciones, Israel desconfía
La respuesta de Hamás ha sido de aceptación condicionada. El funcionario Ghazi Hamad declaró que el grupo no entregará sus armas hasta que Israel detenga sus ataques en Gaza, incremente el flujo de ayuda humanitaria y retire sus fuerzas conforme a lo pactado en el alto el fuego alcanzado el año pasado. Es decir: Hamás traslada la responsabilidad del primer movimiento a Israel, mientras que el plan estadounidense da por hecho que el desarme debe iniciarse casi de inmediato.
Del lado israelí, el escepticismo es igual de profundo, aunque por razones opuestas. Fuentes oficiales citadas por medios israelíes han calificado de poco realista pensar que Hamás vaya a renunciar a su arsenal sin garantías firmes sobre su propio futuro político y el de sus dirigentes en Gaza. El propio calendario del acuerdo reconoce la magnitud del desafío: el proceso de desarme se extendería entre siete y ocho meses, con la elaboración de la hoja de ruta detallada dentro de los primeros 14 días, prorrogables si así lo autoriza el organismo verificador y todas las partes lo consienten.
Qué dice el mercado: el petróleo no se inmuta
Un anuncio de esta magnitud suele mover a los mercados de materias primas, pero la reacción del petróleo ha sido, cuando menos, tibia. El barril de Brent cotizaba el viernes en torno a los 88 dólares, con un ligero descenso pese a la noticia, y ambos referenciales internacionales, Brent y West Texas Intermediate, se encaminaban de todos modos a cerrar julio con una subida mensual cercana al 20%. La explicación de los analistas es que el factor que realmente mueve el precio del crudo en las últimas semanas no es Gaza, sino la escalada de tensión entre Estados Unidos e Irán: la breve tregua entre Washington y Teherán se rompió a mediados de mes, los hutíes yemeníes han intensificado su implicación en el conflicto regional y fuerzas saudíes se han sumado a operaciones estadounidenses contra grupos respaldados por Irán en Irak.
Esa desconexión entre el frente diplomático de Gaza y el frente petrolero de Irán es, en sí misma, una lectura relevante: el mercado está descontando que el riesgo real para el suministro energético ya no reside en la Franja, sino en el estrecho de Ormuz y en la posibilidad de que la confrontación entre Washington y Teherán vaya a más. Un colapso del acuerdo de desarme tendría, en ese contexto, un impacto más simbólico que estructural sobre los precios, salvo que arrastrara consigo una escalada paralela con Irán.
Qué puede pasar a partir de ahora
El plan de Trump ofrece, por primera vez desde el inicio de la guerra, un marco escrito y con plazos para la reconstrucción política de Gaza. Pero su historia reciente enseña que la distancia entre un papel firmado en Washington y su cumplimiento sobre el terreno puede ser enorme: pese al alto el fuego vigente, cientos de personas han muerto en Gaza desde su entrada en vigor, según recuentos de organizaciones humanitarias, lo que ilustra hasta qué punto la tregua convive con episodios de violencia continuada.
Los próximos catorce días serán la primera prueba de fuego: si el Board of Peace logra cerrar un calendario de desarme aceptado por Hamás e Israel, el proceso ganará credibilidad internacional y podría allanar el camino a la llegada de la Fuerza Internacional de Estabilización antes de que termine el año. Si, por el contrario, las negociaciones se estancan en el reparto de responsabilidades, quién se desarma primero, quién se retira primero, el plan corre el riesgo de sumarse a la larga lista de acuerdos de Oriente Medio que nacieron con un titular grandilocuente y murieron en la letra pequeña. Para España y Europa, el desenlace no es indiferente: una Gaza estabilizada aliviaría parte de la presión migratoria y diplomática que el conflicto ha generado en el Mediterráneo desde 2023, mientras que su fracaso reforzaría la inestabilidad en una región de la que Europa depende energéticamente y con la que comparte frontera marítima.









