Donald Trump anunció el 14 de julio la retirada de la tasa del 20% que pretendía cobrar a los buques que cruzan el estrecho de Ormuz, la vía por la que transita cada día cerca de una quinta parte del petróleo y el gas que consume el planeta. La marcha atrás, negociada directamente con los países del Golfo Pérsico, frenó la escalada alcista del crudo, pero no despeja las dudas sobre la fragilidad de la tregua entre Washington y Teherán, rota la semana pasada tras meses de calma.
Un peaje que duró menos de 24 horas
El anuncio inicial, hecho apenas un día antes, había generado una reacción inmediata en los mercados de materias primas: un gravamen del 20% sobre el paso de buques comerciales por Ormuz habría encarecido de forma directa el transporte de crudo, gas natural licuado y derivados desde los principales productores del golfo —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar e Irak— hacia Asia, Europa y el resto del mundo.
Trump revirtió la medida tras conversaciones con líderes de Oriente Medio que, según su propia versión, se comprometieron a impulsar proyectos de inversión en territorio estadounidense. En la práctica, la tasa fue sustituida por acuerdos comerciales y de inversión que los distintos Estados del Golfo realizarán en Estados Unidos, una fórmula que convierte una medida punitiva en una palanca de negociación económica.
Por qué Ormuz sigue siendo el punto más sensible del mapa energético
El estrecho, de apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto, separa Irán de la península arábiga y constituye el único paso marítimo entre el golfo Pérsico y el mar de Omán. Por él navegan a diario petroleros que transportan cerca del 20% del consumo mundial de petróleo y gas. Cualquier amenaza, real o retórica, sobre su funcionamiento se traduce casi de inmediato en movimientos del precio del crudo, porque no existe una ruta alternativa capaz de absorber ese volumen sin encarecer drásticamente los fletes y los tiempos de tránsito.
La tensión no es nueva. Washington y Teherán habían alcanzado un memorando de entendimiento el 17 de junio que estableció un alto el fuego tras semanas de ataques cruzados en el golfo Pérsico. Esa tregua se rompió la semana pasada, cuando ambos países retomaron las hostilidades, un antecedente que explica por qué el anuncio del peaje —y su posterior retirada— se interpretó como una nueva vuelta de tuerca en una relación que sigue sin encontrar estabilidad.
La respuesta de los mercados
La reacción en los mercados fue inmediata: los precios internacionales del petróleo, que habían iniciado una escalada tras el anuncio del gravamen, moderaron su avance en cuanto trascendió la marcha atrás de Trump. Esa distensión, unida a las señales de una inflación estadounidense más contenida de lo esperado en junio, ayudó a que los mercados europeos recuperaran el pulso: el Ibex 35 volvió a cotizar en el entorno de los 19.300 puntos, y los operadores redujeron a apenas un 10% la probabilidad de que la Reserva Federal suba tipos en su reunión del 28 y 29 de julio.
El episodio confirma un patrón que se repite en 2026: los anuncios de Trump sobre aranceles o tasas —ya sea a productos, a países o, como en este caso, a rutas marítimas estratégicas— generan una volatilidad casi instantánea que después se corrige, parcial o totalmente, cuando la Casa Blanca negocia una salida. Para las economías europeas, muy dependientes de las importaciones energéticas del golfo, ese patrón implica vivir instalados en la incertidumbre: cada amago de restricción en Ormuz encarece de forma preventiva los seguros de transporte marítimo y los contratos de futuros, aunque la medida termine por no aplicarse.
Qué puede pasar ahora
La retirada del peaje no resuelve el fondo del problema: la relación entre Estados Unidos e Irán sigue marcada por una desconfianza que ha sobrevivido a varios altos el fuego en apenas un año. Los acuerdos de inversión que sustituyen a la tasa dependen de la voluntad política de los Estados del Golfo de mantener su alineamiento con Washington, algo que no está garantizado si Teherán decide responder con nuevas provocaciones en la zona.
Para Europa, el episodio deja una lección clara: mientras no se diversifiquen las rutas de suministro energético, cualquier decisión unilateral de Washington sobre Ormuz —tomada en horas y revertida en otras tantas— seguirá teniendo capacidad de mover los precios de la energía en el continente. Y para los mercados financieros, confirma que la política comercial de Trump se ha convertido en una variable tan determinante para el precio del petróleo como la propia oferta y demanda física de crudo.









