Un informe preliminar del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de la ONU, publicado el 1 de julio, advierte de que el desarrollo de la IA avanza a un ritmo que ningún gobierno es capaz de seguir, y de que el poder de cómputo necesario para entrenar los modelos más avanzados está concentrado de forma abrumadora en Estados Unidos, que reúne alrededor de tres cuartas partes de la capacidad mundial de supercomputación dedicada a IA, frente a apenas el 15% de China.
Un panel de 40 expertos con mandato de la Asamblea General
El panel fue creado en 2025 por la Asamblea General de Naciones Unidas y está integrado por 40 científicos de todas las regiones del mundo, que participan a título personal y no en representación de sus gobiernos. Su función es evaluar de forma periódica la evidencia disponible sobre las oportunidades, los riesgos y los impactos de la inteligencia artificial, y producir informes independientes que sirvan de base a los gobiernos para diseñar políticas públicas.
El informe preliminar presentado este mes es el primer gran documento de referencia del panel y llega en un momento clave: alimenta directamente el Diálogo Mundial de la ONU sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial, que arrancó en Ginebra el 6 de julio y busca sentar las bases de una regulación internacional todavía inexistente.
La brecha de cómputo, en el centro del diagnóstico
El dato más citado del informe describe una concentración de infraestructura sin precedentes: Estados Unidos posee cerca del 75% de la capacidad informática que sostiene a las principales supercomputadoras de inteligencia artificial del planeta, mientras que China representa alrededor del 15%. El resto del mundo —incluida la Unión Europea en su conjunto— se reparte una fracción marginal de esa capacidad.
Esta asimetría no es un dato meramente técnico. El acceso a infraestructura de cómputo, datos de entrenamiento, talento especializado y modelos avanzados determina qué países pueden desarrollar, auditar y regular sus propios sistemas de IA, y cuáles quedan en una posición de dependencia frente a las tecnológicas y los gobiernos que controlan esos recursos. El panel advierte de que, sin corrección, esta desigualdad de partida puede amplificar las diferencias económicas y tecnológicas que ya existen entre países ricos y países en desarrollo.
Una tecnología que ya actúa con poca supervisión humana
El informe describe capacidades que hace apenas un par de años parecían lejanas: sistemas capaces de escribir código informático complejo, analizar volúmenes masivos de datos, generar imágenes y vídeos indistinguibles de la realidad, y ayudar a científicos a descubrir nuevos fármacos. Pero el diagnóstico más inquietante para los expertos del panel es otro: la IA es, cada vez con más frecuencia, capaz de actuar de forma autónoma y con escasa supervisión humana directa, a través de los llamados agentes de IA que asumen tareas especializadas sin intervención constante de una persona.
Esa autonomía creciente es precisamente lo que ha llevado a los 40 expertos a subrayar que la velocidad de la innovación tecnológica ha dejado atrás la capacidad regulatoria de los Estados. No se trata de que falten leyes sobre IA —varios países y bloques, incluida la Unión Europea, ya cuentan con marcos normativos—, sino de que esos marcos legislan sobre una tecnología que ya ha cambiado varias veces desde que se redactaron.
Qué se juega en el Diálogo de Ginebra
El Diálogo Mundial sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial, en marcha desde principios de julio en la sede europea de la ONU, tiene la tarea de traducir estas advertencias en una hoja de ruta concreta. Entre los asuntos sobre la mesa figuran la posibilidad de crear mecanismos de supervisión internacional para los modelos más potentes, fórmulas de acceso compartido a infraestructura de cómputo para países sin capacidad propia, y estándares comunes de transparencia sobre el funcionamiento de los sistemas autónomos.
El reto de fondo es que ni Estados Unidos ni China —los dos actores que concentran el 90% de la capacidad de cómputo mundial— tienen un incentivo evidente para ceder soberanía tecnológica a un organismo multilateral. Washington ha defendido históricamente una regulación ligera que no frene la innovación de sus empresas; Pekín, por su parte, prioriza el control estatal sobre cualquier cesión de supervisión externa.
Análisis: gobernar lo que ya se nos adelantó
El informe de la ONU pone cifras a algo que ya se intuía: la conversación sobre la gobernanza de la inteligencia artificial no está compitiendo con la tecnología en igualdad de condiciones, sino corriendo detrás de ella. Mientras los organismos internacionales negocian principios y marcos de cooperación, los modelos de IA generativa y los agentes autónomos ya están desplegados en producción, tomando decisiones con impacto económico y social real.
La concentración de cómputo en dos países convierte además la discusión regulatoria en una cuestión geopolítica tanto como técnica: cualquier estándar internacional que se apruebe en Ginebra dependerá, en última instancia, de la voluntad de Washington y Pekín de aplicarlo dentro de sus propias fronteras. Para el resto del mundo, incluida América Latina y Europa, el mensaje del panel es también una llamada de atención sobre la necesidad de invertir en infraestructura propia —energía, centros de datos, conectividad y talento— si no quieren limitarse a ser usuarios de una tecnología diseñada y controlada en otro lugar.









