Apple presentó una demanda ante el Tribunal de Distrito de Estados Unidos para el Distrito Norte de California acusando a OpenAI de espionaje industrial y robo de secretos comerciales sobre productos de hardware todavía en desarrollo. La compañía de Cupertino sostiene que OpenAI orquestó una trama que involucra a más de 400 extrabajadores de Apple, con episodios que incluyen la descarga de documentos internos y solicitudes a candidatos para que llevaran prototipos a sus entrevistas de trabajo. La pelea legal llega justo cuando OpenAI, de la mano del diseñador Jony Ive, ultima un altavoz inteligente impulsado por su nuevo modelo de voz GPT-Live, presentado como el mayor desafío al iPhone en más de una década.
Una demanda con nombres propios
Según los documentos judiciales, Apple acusa a OpenAI de haber pedido a candidatos a empleo procedentes de la propia Apple que compartieran detalles de proyectos secretos y que llevaran componentes de dispositivos y prototipos a sus entrevistas de trabajo. La compañía va más allá y señala directamente a dos extrabajadores, Chang Liu y Tang Tan, a quienes acusa de haber seguido accediendo a información confidencial de Apple después de incorporarse a OpenAI. La demanda también describe el caso de un empleado que habría descargado documentos internos desde un ordenador portátil propiedad de Apple, un episodio que se popularizó después de que trascendiera un mensaje interno —»Lol, tengo acceso»— atribuido al ingeniero que habría destapado el acceso indebido.
La magnitud de la acusación es inusual incluso para los estándares de Silicon Valley: Apple sitúa el número de extrabajadores implicados en la presunta trama de fuga de información por encima de los 400, lo que convierte al caso en una de las disputas de propiedad intelectual más amplias entre dos gigantes tecnológicos en los últimos años.
El altavoz que quiere ser el próximo iPhone
En el centro de la disputa está el primer dispositivo de hardware de OpenAI: un altavoz inteligente sin pantalla, con batería recargable, cámara y sensores, pensado para moverse por la casa y actuar como encarnación física de ChatGPT. Su diseño corre a cargo de Jony Ive, el creador del iPod, el iMac y el iPhone durante su etapa en Apple, incorporado a OpenAI tras la compra en 2025 de su empresa io Products por 6.500 millones de dólares. OpenAI aspira a presentar el producto durante este año y lanzarlo comercialmente en 2027.
GPT-Live: la voz que a Apple todavía le falta
El dispositivo se apoyará en GPT-Live, el modelo de voz full-duplex que OpenAI lanzó este mes de julio y que permite conversaciones naturales, con pausas, interrupciones y expresiones coloquiales como «ajá» o «claro», superando la cadencia robótica de los asistentes de voz tradicionales. Es precisamente en este terreno —un asistente conversacional capaz de vivir fuera de la pantalla del móvil— donde Apple ha acumulado más retrasos con Siri, lo que explica por qué en la compañía se observa con particular inquietud cualquier fuga de información hacia un competidor que además cuenta con el propio arquitecto del diseño del iPhone.
Qué hay en juego: una salida a bolsa y el futuro del hardware con IA
Más allá de la disputa legal, la demanda llega en un momento sensible para OpenAI, que prepara una eventual salida a bolsa y necesita blindar frente a inversores la originalidad de su primer producto físico. Un fallo desfavorable, o simplemente el desgaste de un litigio prolongado, podría retrasar el lanzamiento del altavoz o encarecer su desarrollo con cambios de diseño forzados por la vía judicial. Para Apple, en cambio, el pleito funciona también como una forma de marcar territorio: la compañía lleva meses enfrentando dudas sobre su estrategia de inteligencia artificial y una demanda de esta envergadura reafirma públicamente que considera a OpenAI una amenaza directa y no solo un proveedor de tecnología para terceros.
El pulso que puede definir la próxima década tecnológica
El desenlace de este litigio importa mucho más allá de Cupertino y San Francisco. Si los tribunales confirman que hubo apropiación indebida de secretos comerciales, OpenAI podría verse obligada a rediseñar aspectos clave de su hardware o a pagar indemnizaciones que frenen su expansión más allá del software. Si, por el contrario, la demanda se diluye en los tribunales, quedará establecido un precedente que facilitará el trasvase de talento e ideas entre gigantes tecnológicos sin miedo a represalias legales masivas. En cualquier caso, el caso confirma que la próxima gran batalla de la inteligencia artificial ya no se libra solo en los modelos de lenguaje, sino en quién logra meterla, literalmente, dentro de un objeto que viva en el salón de millones de casas.









