Cazas estadounidenses y saudíes atacaron la noche del miércoles múltiples posiciones de las Fuerzas de Movilización Popular (PMF, por sus siglas en inglés) en el este de Irak, dejando al menos 20 milicianos muertos y 32 heridos, en represalia por más de 30 ataques con drones contra instalaciones petroleras saudíes en 72 horas. Es la primera vez que Riad reivindica públicamente una operación militar dentro de territorio iraquí desde que estalló la guerra entre Irán y Estados Unidos en febrero, y llega horas después de que Washington completara un pesado bombardeo directo contra Irán en represalia por un ataque con misiles contra una base estadounidense en Jordania.
Una noche de golpes cruzados en tres países
Todo se aceleró el martes, cuando milicias iraquíes vinculadas a Teherán lanzaron una oleada de más de 30 drones contra instalaciones petroleras saudíes en la Provincia Oriental y en la región de Riad, según confirmó el Ministerio de Defensa saudí. La defensa antiaérea del reino interceptó la mayoría de los aparatos, pero el mensaje de la escalada quedó claro.
Horas más tarde, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC) iraní lanzó varios misiles balísticos contra posiciones estadounidenses en la región; Jordania informó de que su ejército interceptó cinco de esos proyectiles sobre su espacio aéreo. El presidente Donald Trump reaccionó con una frase que resumió el tono de la jornada: es nuestro turno. Pocas horas después, el Mando Central de EE.UU. (CENTCOM) confirmó que había completado una intensa oleada de ataques contra decenas de objetivos del IRGC dentro de Irán, incluyendo centros de mando militar e instalaciones de misiles y drones.
En paralelo, y por primera vez desde el inicio del conflicto, Arabia Saudí reivindicó abiertamente haber ejecutado, junto con fuerzas estadounidenses, ataques limitados y selectivos contra múltiples sedes logísticas y arsenales de milicias proiraníes en el este de Irak. El portavoz de Defensa saudí, el general de división Turki al-Maliki, vinculó directamente estos bombardeos con los ataques de drones sufridos el lunes y el martes.
El peso de la cifra: 20 muertos y una acusación de violación flagrante
Las Fuerzas de Movilización Popular, la coalición de milicias mayoritariamente chiíes que en teoría está integrada en el organigrama oficial del ejército iraquí, cifró en al menos 20 los combatientes muertos y en 32 los heridos en los bombardeos nocturnos. Dos responsables de las milicias citados por agencias internacionales elevaron a seis el número de asesores iraníes fallecidos en los ataques.
El Consejo de Seguridad Nacional de Irak condenó enérgicamente la operación conjunta y el primer ministro iraquí ordenó a su Cancillería iniciar acciones legales contra Washington y Riad, calificando los bombardeos de violación flagrante de la soberanía del país. Es una postura delicada para Bagdad: el Gobierno iraquí depende de Estados Unidos en materia de seguridad y de Arabia Saudí en el terreno económico, pero al mismo tiempo debe convivir políticamente con unas milicias integradas en sus propias instituciones de seguridad.
La Resistencia Islámica en Irak, paraguas de varios grupos armados proiraníes, fue más allá: calificó el ataque de escalada sumamente peligrosa y dio a las autoridades iraquíes un ultimátum hasta el 7 de agosto para responder, advirtiendo de que, si el Gobierno no actúa, tomará represalias directas que podrían incluir objetivos dentro de Arabia Saudí.
Por qué Riad rompe su silencio ahora
Arabia Saudí había evitado hasta ahora intervenir de forma directa en el conflicto abierto entre Irán, Israel y Estados Unidos, limitándose a gestionar los efectos económicos y de seguridad de una guerra que se libra a sus puertas. La decisión de reivindicar públicamente los bombardeos en Irak marca un cambio de postura significativo: por primera vez desde febrero, el reino se involucra militarmente de forma abierta contra objetivos vinculados a Teherán, en lugar de limitarse a interceptar los drones que llegan a su territorio.
Este giro no es casual. Los ataques a instalaciones petroleras tocan directamente la columna vertebral de la economía saudí y su papel como estabilizador de los mercados energéticos globales. Permitir que las milicias proiraníes sigan atacando impunemente desde territorio iraquí habría supuesto, a ojos de Riad, una señal de debilidad con un coste estratégico mayor que el de intervenir abiertamente.
El precio del petróleo, otra vez bajo presión
Desde que estalló la guerra en febrero, el crudo Brent ha vivido episodios de extrema volatilidad: pasó de cotizar en torno a 71 dólares por barril a finales de febrero a superar brevemente los 120 dólares tras el cierre del estrecho de Ormuz a comienzos de marzo, en lo que la Agencia Internacional de la Energía definió como la mayor disrupción de la historia del mercado petrolero global. Aunque los precios se han moderado desde entonces, este jueves el Brent cotizaba de nuevo por encima de los 88-90 dólares por barril, reflejando la prima de riesgo que los mercados vuelven a aplicar tras la última escalada.
Un estudio de la Reserva Federal de Dallas ya había advertido de que, incluso en un escenario de cierre parcial del estrecho de Ormuz durante un trimestre, el repunte del petróleo elevaría la inflación general estadounidense en 0,6 puntos porcentuales y la subyacente en 0,2 puntos en 2026. Esa presión inflacionaria adicional complica precisamente la tarea de bancos centrales como la Reserva Federal, que este mismo miércoles decidió mantener los tipos de interés ante el temor a un repunte de precios energéticos (ver información aparte).
Qué puede pasar ahora
El ultimátum del 7 de agosto fijado por la Resistencia Islámica en Irak marca la próxima fecha clave a vigilar. Si las milicias cumplen su amenaza de atacar objetivos dentro de Arabia Saudí, el conflicto daría un salto cualitativo: dejaría de ser una guerra centrada en Irán, Israel y Estados Unidos para convertirse en un enfrentamiento regional con el Golfo Pérsico como nuevo escenario directo, algo que los mercados energéticos llevan meses temiendo.
Para Bagdad, el dilema es igual de complicado. El Gobierno iraquí necesita mantener la cobertura de seguridad estadounidense y sus lazos económicos con Riad, pero cualquier gesto percibido como complaciente con los bombardeos podría debilitar aún más su ya frágil control sobre las milicias chiíes, que llevan años operando con un grado de autonomía que desafía la autoridad formal del Estado.
Para Europa, que ya ha absorbido buena parte del golpe inflacionario derivado de la guerra desde febrero, una nueva escalada en el Golfo reactivaría los temores sobre el suministro energético en un momento en que el Banco Central Europeo intenta consolidar la moderación de precios lograda en los últimos meses. Y para Washington, la pregunta de fondo sigue siendo la misma que lleva planteándose desde el inicio del conflicto: si los bombardeos contra Irán y sus aliados regionales logran disuadir nuevos ataques o si, por el contrario, siguen alimentando un ciclo de represalias del que cada vez resulta más difícil salir.









