Washington ha detenido, al menos temporalmente, la decimotercera oleada de ataques contra Irán mientras ambos países negocian en Teherán la gestión del estrecho de Ormuz. La tregua llega en el quinto mes de una guerra que ha disparado el precio del petróleo y hundido buques, y que este fin de semana sumó un nuevo episodio: la explosión de una mina naval junto a un petrolero en el paso marítimo más sensible del planeta.
Cinco meses de guerra abierta
El conflicto arrancó el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva conjunta contra objetivos militares y nucleares iraníes con el argumento declarado de frenar el programa atómico de Teherán. Los bombardeos acabaron con la vida del entonces líder supremo, Alí Jamenei, un golpe sin precedentes en la historia reciente de la República Islámica. Irán respondió lanzando misiles y drones contra Israel y contra bases estadounidenses en Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak, además de imponer restricciones selectivas al tránsito por el estrecho de Ormuz, la arteria por la que circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial.
El pulso energético no tardó en notarse: el 27 de febrero, un día antes del inicio de los ataques, el barril de crudo cotizaba por debajo de los 70 dólares; el 9 de marzo llegó a rozar los 120, una escalada de más del 50% en apenas diez días, alimentada por el cierre parcial de Ormuz y por los ataques cruzados contra infraestructuras energéticas como la refinería saudí de Ras Tanura y el yacimiento iraní de South Pars, clave para el 12% de la producción de gas del país.
La escalada de julio: trece oleadas y un petrolero dañado
Casi cinco meses después, el conflicto no ha remitido tanto como se esperaba tras los primeros compases. Según el seguimiento en directo de El Español, Estados Unidos ha llegado a lanzar trece oleadas consecutivas de ataques, la última de ellas precedida por la amenaza explícita del presidente Donald Trump de emprender un ataque masivo y de incautar fondos iraníes congelados para sufragar los costes de la guerra. Irán, por su parte, ha respondido golpeando instalaciones militares estadounidenses en países vecinos como Jordania y Baréin.
El domingo 26 de julio, la tensión marítima volvió a subir de nivel: la agencia semioficial iraní Tasnim informó de que un petrolero había chocado contra una mina naval en el estrecho de Ormuz, mientras la Guardia Revolucionaria iraní declaraba haber forzado la detención de seis embarcaciones tras emitir lo que calificó de firmes advertencias. El incidente se produce después de que Irán intensificara los ataques contra buques comerciales en las últimas semanas, en respuesta a la apertura, a principios de julio, de una segunda ruta de tránsito por Ormuz habilitada por Omán con apoyo estadounidense.
Una tregua que nadie da por segura
Pese a este trasfondo, la madrugada del domingo transcurrió en Irán sin bombardeos aéreos estadounidenses, y Washington mantiene en pausa una ofensiva que se aproxima a su quinto mes consecutivo. Teherán, por su parte, se ha mostrado dispuesta a frenar sus propias ofensivas mientras dure la tregua, pero una fuente iraní de alto nivel ha recibido el gesto estadounidense con, literalmente, más escepticismo que optimismo. El propio ministerio de Exteriores iraní ha insistido en que su país no dejará que sea Washington quien decida el fin de la guerra.
En paralelo, ambos bandos mantuvieron el viernes y el sábado varias rondas de conversaciones en Teherán centradas en los principios comunes y los mecanismos operativos para gestionar el tránsito seguro en Ormuz, respetando los derechos soberanos de los dos Estados ribereños, según trasladó el propio ministro de Exteriores iraní, que calificó las conversaciones de útiles y con avances. El mercado ha reaccionado con cautela optimista: el precio del petróleo llegó a caer más de un 5% este fin de semana ante la posibilidad de que Washington y Teherán retomen la negociación formal.
La ONU advierte: «se escapa a todo control»
El goteo de escaladas y treguas frágiles ha llevado a Naciones Unidas a elevar el tono de sus advertencias. El secretario general de la ONU ha calificado la situación en Oriente Medio de al borde de lo impensable y ha pedido detener los combates en toda la región, en un contexto en el que la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos convive con otros frentes abiertos -desde Ucrania hasta Sudán- que sobrecargan la capacidad de mediación internacional. El propio primer ministro de Irak ha tenido que salir al paso de las tensiones prometiendo en Teherán que su territorio no será usado como plataforma de ataques contra Irán, un gesto que refleja el temor de los vecinos de la República Islámica a quedar atrapados en el fuego cruzado.
El petróleo, el verdadero termómetro del conflicto
Más allá de los titulares bélicos, el barril de crudo sigue siendo el indicador más fiable de hacia dónde se mueve realmente la guerra. La subida de más del 50% registrada en marzo tensionó las cuentas de los países importadores de energía y encareció el transporte marítimo global; cualquier cierre prolongado de Ormuz -por donde circulan buques que abastecen a gran parte de Asia y Europa- tendría un efecto multiplicador sobre la inflación mundial, justo cuando varias economías avanzadas luchan por consolidar la desaceleración de precios lograda tras la crisis de 2022-2023.
La caída del 5% de este fin de semana no borra los riesgos: basta un nuevo incidente como el del petrolero dañado por una mina, o el fracaso de las conversaciones en Teherán, para que los precios vuelvan a dispararse. De hecho, el propio historial del conflicto muestra que cada episodio de distensión diplomática ha ido seguido, tarde o temprano, de una nueva oleada de ataques.
Qué puede pasar ahora
El escenario más probable a corto plazo es el de una tregua frágil y vigilada, sostenida más por el cansancio de ambas partes que por una confianza real. Estados Unidos necesita evitar que el conflicto se prolongue indefinidamente sin resultados visibles, mientras que Irán busca tiempo para recomponer su cadena de mando tras la muerte de Jamenei y para blindar su principal vía de ingresos, el petróleo, frente a un cierre prolongado de Ormuz que también perjudicaría a sus propias exportaciones.
El riesgo de reanudación de los ataques sigue siendo alto: cualquier nuevo incidente en el estrecho, una ruptura de las conversaciones sobre el tránsito marítimo, o una escalada paralela en otros frentes de Oriente Medio -como la ofensiva israelí en Cisjordania, que se desarrolla en las mismas fechas- podría devolver al conflicto a su fase más activa. Para los países del Golfo, para Europa y para los mercados energéticos globales, el estrecho de Ormuz sigue siendo, cinco meses después del inicio de la guerra, el punto más peligroso del tablero.









