Irán reivindicó en la madrugada del miércoles un ataque con misiles balísticos contra una base aérea estadounidense y un centro del Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) en Jordania, en la escalada más grave registrada hasta ahora entre Teherán y Washington desde que la guerra en la región se reavivó a finales de febrero. Jordania derribó cinco de los proyectiles dirigidos contra su territorio y CENTCOM aseguró haber interceptado la totalidad de los misiles lanzados contra sus instalaciones. Horas después, Estados Unidos y Arabia Saudita respondieron con bombardeos conjuntos contra milicias proiraníes en el este de Irak que, según fuentes oficiales, dejaron al menos 20 muertos y 32 heridos.
El pulso se ha trasladado también al mar: la Guardia Revolucionaria iraní (CGRI) informó, a través de la agencia semioficial Tasnim, de la detención de tres buques petroleros en el estrecho de Ormuz por, según su versión, «continuar avanzando por una ruta insegura e ilegal» pese a las advertencias iraníes. El cuerpo militar amenazó con que cualquier embarcación que siga instrucciones de Estados Unidos «no quedará impune», una fórmula que eleva la presión sobre una de las arterias energéticas más sensibles del planeta, por la que transita cerca de una quinta parte del petróleo que se comercia por vía marítima en el mundo.
Una respuesta en cadena que llevaba días gestándose
El ataque contra Jordania no surgió de la nada. Según CENTCOM, en las últimas 72 horas la Guardia Revolucionaria iraní había dirigido más de treinta ataques con drones contra fuerzas estadounidenses e infraestructuras energéticas de Arabia Saudita, incluidas instalaciones petroleras en la región oriental saudí y en los alrededores de Riad. El Ministerio de Defensa saudí, a través de su portavoz Turki al-Maliki, confirmó que sus defensas antiaéreas habían interceptado varios de esos drones, lanzados —según Riad— desde territorio iraquí por milicias respaldadas por Teherán.
La respuesta conjunta estadounidense-saudí del 28 de julio apuntó a centros logísticos y depósitos de armamento distribuidos por varias provincias del este de Irak: Bagdad, Wasit, Nínive, Basora, Kirkuk, Kerbala y Diyala. CENTCOM la definió como «la respuesta militar más directa» adoptada hasta la fecha frente a estos grupos, y advirtió a la Guardia Revolucionaria y a sus «proxies» que deben detener los ataques «para evitar una mayor respuesta militar estadounidense». El dato de contexto que aporta Washington es contundente: entre febrero y abril de este año se registraron más de 600 intentos de ataque contra ciudadanos e instalaciones estadounidenses en Irak atribuidos a estas milicias chiíes, que formalmente integran las Fuerzas Armadas iraquíes pero que actúan con notable autonomía respecto a Bagdad.
Precisamente ahí radica uno de los nudos más delicados del conflicto: el propio Gobierno iraquí puso en marcha, bajo presión de Washington, un proceso de desarme de estas milicias que continúa estancado y cuyo plazo de finalización se fija para el cierre de septiembre. Cada nuevo bombardeo estadounidense en suelo iraquí tensiona la soberanía de un país que lleva dos décadas intentando equilibrarse entre su alianza con Washington y la influencia de Teherán.
El comunicado de la Guardia Revolucionaria y el papel de Trump
La agencia Fars, vinculada al CGRI, difundió un comunicado en el que la Fuerza Aeroespacial de la Guardia Revolucionaria reivindicaba el ataque contra las instalaciones estadounidenses en Jordania «mientras continúen las amenazas contra la República Islámica de Irán y persistan las acciones ilegales y hostiles de las fuerzas estadounidenses contra nuestros intereses». Washington no había ofrecido, al cierre de esta edición, una respuesta oficial sobre el ataque reivindicado por Teherán, aunque sí confirmó haber frustrado un intento de lanzamiento de varios misiles balísticos contra tropas estadounidenses en la región, en lo que constituye el primer episodio de este tipo desde que Donald Trump afirmara que Washington y Teherán mantenían conversaciones tras el descartado Memorando de Entendimiento de Islamabad, firmado el pasado junio.
La escalada llega, además, en un momento de máxima exposición diplomática para Trump: el mismo martes recibió en la Casa Blanca al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, antes del funeral del senador Lindsey Graham, y también tenía previsto reunirse con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. Estados Unidos mantiene además desplegados más de veinte buques de guerra en Oriente Próximo para sostener un bloqueo naval contra Irán, una presencia que Washington no ha replegado pese a la pausa que el propio Trump había ordenado en los bombardeos directos contra territorio iraní semanas atrás.
Por qué importa: petróleo, Ormuz y el riesgo de una guerra regional
El elemento con mayor capacidad de contagio económico es Ormuz. Cualquier amago serio de bloqueo o de incidentes recurrentes con petroleros en el estrecho tiende a disparar de inmediato la prima de riesgo del crudo, dado que por ese paso circula gas natural licuado y petróleo suficiente para abastecer a buena parte de Asia y Europa. Los mercados energéticos llevan meses vigilando cualquier señal de esa naturaleza, y la detención de los tres buques es precisamente el tipo de episodio que históricamente ha añadido varios dólares por barril a las cotizaciones internacionales en cuestión de horas.
El segundo factor de riesgo es la posibilidad de que la respuesta estadounidense-saudí en Irak derive en una escalada de imprevisibles consecuencias. Riad ha optado por sumarse abiertamente a los bombardeos, una decisión que rompe con su tradicional cautela hacia las operaciones militares directas contra actores vinculados a Irán y que expone a la petromonarquía a represalias sobre su propia infraestructura energética, como ya sugieren los ataques con drones de los últimos días.
En paralelo, Omán continúa intentando mediar: el viceministro de Exteriores iraní, Kazem Gharibabadi, ha planteado a Mascate una fórmula de tráfico compartido para intentar reabrir con garantías el paso por Ormuz, aunque ha descartado una división equitativa de las rutas marítimas y ha advertido de que el estrecho seguirá cerrado si Omán no acepta sus condiciones. La existencia de esa vía diplomática, por estrecha que sea, es la principal señal de que ni Teherán ni Washington parecen buscar, de momento, una guerra abierta a gran escala, sino un juego de presión calculada en el que cada bando intenta mostrar capacidad de daño sin cruzar el umbral de un conflicto total.
Con todo, la sucesión de episodios de las últimas 72 horas —ataques con drones, misiles balísticos contra instalaciones estadounidenses, detención de petroleros y bombardeos con más de veinte muertos en Irak— dibuja una escalada que ya no puede describirse como una serie de incidentes aislados, sino como una guerra de baja intensidad con capacidad de intensificarse en cualquier momento. La pregunta que se hacen ahora las cancillerías occidentales es si Trump, que este martes ha dedicado buena parte de su agenda a Ucrania y a Oriente Próximo simultáneamente, está dispuesto a sostener una presión militar en dos frentes a la vez sin que ninguno de los dos escale hasta un punto de no retorno.
Fuentes: Infobae, CENTCOM, Tasnim, Ministerio de Defensa de Arabia Saudita.









